domingo, 28 de junio de 2015

La iniquidad es una conducta profundamente humana

Con voz enardecida, lejos de poderse oír, el principal agente inmobiliario de Costa Verde gritó una y otra vez tratando de superar ese invariable estampido del oleaje. Resignándose al ardor en la garganta reseca, quedó en silencio por un rato bajo la noche estrellada, absorbiendo de a sorbos el aire salitroso. Finalmente, mordiéndose los labios ante aquel repetido espectáculo, levantó los hombros, especulando con que el ridículo a veces es un pretexto bienvenido, y dio media vuelta sobre sus pasos hendiendo la arena húmeda y fría, para perderse en su cada vez más cementada civilización ribereña. 

S.F.

martes, 26 de mayo de 2015

Ciclo

Zumbando calladamente, atraídos por la alborada veraniega,
se apiñan contra el alambre tejido del ventanal todos aquellos pequeños insectos voladores, destinados a ser alimento de las hormigas.

S.F.

domingo, 26 de abril de 2015

Lengua muerta

Me traicionaron las palabras. Debía defenderme pero no se oía mi coartada ni tampoco la escuchaba interiormente. Calculo haber ejercitado cada uno de los músculos faciales sumido en la desesperación por hacerme entender. Presionaban siniestras caras admonitorias, y como si alguien tutelase mis decisiones trazando artificios con los labios, lancé en un grito seco aquel nombre de mujer: ¡libertad¡ Libertad, repetí para mí, sin abrir la boca, con cadencia de mantra. Hoy rescato ese recuerdo, contraste entre sueño y pesadilla, al despertar con la implacable certeza de haber perdido para siempre el don del habla. 

S. F.

Este texto fue leído en la Feria del Libro de Bs. As. en el marco de la lectura sobre "libertad y responsabilidad en la palabra", 24 de abril de 2015.

sábado, 21 de marzo de 2015

Así como empezó la noche

No podía obviarse la hora, porque de esa hora, del día jueves, y de sus maquinaciones aumentadas por el hartazgo, dependía su futuro. Los vio llegar dispuestos, comentaban estupideces que les hacían olvidar del estudio, del taller, de la oficina, del banco, de aquello que habían hecho y que acaso intentarían de nuevo. Lo saludaron prestándole poca atención, entonces se puso a pensar: jamás le daban propina y el Pelado mal nacido iba a dejar la mesa como un chiquero. “Ciertas cosas no se toleran, nadie las tolera”, murmuró roncamente, secando otro vaso. Ellos entraban a la cancha, luego de haber desenfundado sus respectivas paletas, de haber amontonado sus bolsos, y de hacerle señas para que les llevase el agua mineral sin gas. “Hoy va caliente”, sentenció, se le dibujaba una sonrisa por imaginar al Gordito con la boca seca, sudando, tragando, despotricando. Para ese momento andarían perdiendo (peor el Flaco -su compañero de juego -envanecido propietario de la cuatro por cuatro), seguro Angel ya le aflojaba las tuercas de la llanta izquierda, la del lado del volante, y ahí ni Fangio, no hay dirección que valga. Seguía esa fosforescencia amarilla (ahora volaba sobre la red), paladeando el esperado lujo de maltratarlos (ahora picaba en la pared del fondo), justo iba a rechazar el Canoso, a quien le tenía menos bronca (ahora la pelota rebotaba contra el alambrado), quizás porque era más viejo. “Qué joder, nada de achicarse, se la merecían y listo”, rezongó en voz alta. Colegía basándose en que la prueba principal había quedado bien visible en las flagrantes abolladuras del capot de la camioneta del Flaco, confirmada la coincidencia del color con los datos aportados por ese único testigo, que olvidó la patente pero pudo ratificar la hora. Avizorando sus movimientos recordaba a Luisa sin consuelo, preguntándose por enésima vez ¿quiénes sino ellos?, las cuatro basuras que nunca le hacían caso, ensuciando los baños, robándose pelotitas, siempre últimos en salir y con varias cervezas adentro, además iban derecho por Loyola, la calle que Luisa cruzaba cuando venía a buscarlo. Le era imposible borrar de la memoria la figura de su mujer entubada en aquella cama de hospital, mientras los veía divertirse: el Flaco sacaba haciendo gestos soeces, su reloj de oro titilando al sol declinante de la tarde. Le era imposible borrar a Luisa demacrada, fría en ese condenado cajón, y su regreso del cementerio, esa difusa y atroz sensación de vacío, las ganas de llorar contenidas explotándole en los ojos. Finalmente los veía terminar el partido, al Gordito dándole un abrazo a su acólito, sus sardónicas risas, su insultante alegría; sin embargo en un rato van a estar tomando cerveza tras cerveza, hablando pavada tras pavada, hasta que entrada la noche se levanten para irse, caminen haciéndose chistes, suban a la cuatro por cuatro, doblen por el vetusto empedrado de Loyola, y vaya a saber... 

S.F. 

Este texto fue publicado por primera vez en la revista Paddel Total, en 1992, e integra el libro de cuentos "La vida muerde", 2004.

viernes, 20 de febrero de 2015

Este texto está dedicado a la memoria del gran ilusionista argentino René Lavand. 

La destreza no estaba en esa única mano
si no en la coordinación para contar una anécdota
y a la vez mover velozmente los dedos,
así distraía la atención del público
como avezado encantador de serpientes.
Por eso recuerdo que verlo barajar
oyendo su voz monocorde pronunciar precisas palabras,
hacía pensar en el sentido de la vida
en cómo se puede superar la adversidad para convertirla en arte.

S.F.

jueves, 22 de enero de 2015

Creyó haber dicho una genialidad,
se reía solo pero sus carcajadas no contagiaban,
insistió repitiendo la ocurrencia a viva voz,
sin que le importen los presentes.
Neciamente reiteró aquello que pretendía ser cómico,
ya con una risa algo desanimada,
falta de gracia, por sobre las voces de sus acompañantes en la cena,
y así su hilaridad se fue disimulando,
diluyendo con la charla,
como el helado que no quiso probar.

S.F.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Cuatro pekineses ciegos

Sólo este lagarto impecablemente trajeado se podía encontrar con un paseador de canes que arrastre a cuatro perritos tambaleantes, feos como dragones, sus grises ojos bolitas de vidrio salientes. Mal augurio, dije, justo que me presento a un trabajo; no quería ni mirar pero vi que a uno le colgaba la lengua muerta y otro segregaba un líquido espeso de los belfos. Caray Garay, pensé para mis adentros y tuve que cruzar de vereda, porque esos animalejos de borroso color té con leche se chocaban contra todo. Perro de vieja, maldije, y me asaltó la imagen de una lengüita rosada lamiendo y lamiendo la gran almeja mustia de una señora despatarrada que se regodeaba con algún galán de TV saboreando empalagoso chocolate blanco... Más tarde que temprano realicé un parangón con aquellos pekineses y no una coincidencia morfológica, porque más tarde que temprano era yo mismo quien se sentía como una rata acorralada por un gato hambriento; tanto fue así, la sensación, que por instinto abrí la boca para mostrar mis desparejos dientes nunca corregidos por el prolongado uso de ortodoncia, y aunque la verdad no dejara de ser una afectación pasmada en sonrisa, operó en mí de manera tranquilizadora, aliviadora admito. Del mismísimo estómago me subió un “gracias” algo estentóreo y, dando media vuelta sobre mi arrugado cuerpo batrácico, recién ahí, en ese instante, al salir a la calle repuse mi absoluta vulgaridad de anfibio al sol en un mediodía capitalino. La sumatoria de rechazos no te va a matar, murmuré aflojando el nudo tirante de la corbata, hay que comer, hice memoria y tragué saliva vaya a saber con qué geta, y una anciana blanca y rellena que caminaba en dirección contraria me clavó sus ojitos vivarachos como si al pasar le hubiese tocado un pecho. 
S. F.
Este texto se publicó en el número 50 de la revista Odradek, en septiembre de 2010.