domingo, 17 de enero de 2016

Tren suburbano

En aquel convoy no cabía más gente, Clarisa sintió que la tocaban, 
apenas si pudo girar el cuello, porque le era imposible moverse. 
Una mano acariciaba la entrepierna, otra buscaba su pezón derecho. 
Aquello duró ese breve trayecto de una estación a la siguiente, 
pero fue tan intenso, que al recordarlo, Clarisa todavía se conmueve. 
S.F.

martes, 1 de diciembre de 2015

La sed del otro

No sé cómo hago para convivir con un borracho
ríe cuando hay que callar o discute hasta consigo mismo
dice lo que piensa sin guardar nada,
exultante y absurdo suelta su sarcasmo
devuelve preguntas con más preguntas
se atreve a creer que su verdad es absoluta
y se llama a silencio sólo para evadirse.
Le encuentra auténtico sentido a la vida
da forma al vacío y hace equilibrio en las cornisas,
percibe la ruindad del mundo aunque no lo afecte
pero se deslumbra frente a una flor de plástico,
grita al hablar y nunca le basta lo que bebe
se va consumiendo como un alimento rancio,
apenas logra ponerse en pie camina a los tumbos
reconoce mi cara reflejada en las vidrieras
y siempre me siento dolorosamente triste.

S.F.





domingo, 8 de noviembre de 2015

Gloria

Mi nombre
escrito a fuego
en tu palma,
cuando rozas
ese punto culminante
de mi ser.

S.F.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Argenchino

Aquella eventualidad iba a resultar falsamente anticipatoria para Norah, ya que llevaba unos meses con Ezequiel en el monoambiente luminoso del barrio de Almagro y nunca había necesitado hacer una compra de última hora.
Ni bien ingresó al supermercado tuvo la impresión que estaba por cerrar; vio poca gente en ese local espacioso y le pareció raro el saludo tan amable de los empleados. Cuando recorría un pasillo con productos envasados la conmovió una señora mayor: al caminar apuntalada en su bastón bamboleaba las caderas obstruyendo por completo el paso y volteando algunos artículos en ambas góndolas.
“Querida, por favor, ¿me alcanzarías un envase chiquitito de bayonesa?” “Claro, ¿qué marca?” “La más económica, hija… Me olvidé los cuatrojos”.
Norah de pronto percibió la presencia silenciosa del chino adulto, quien al entrar la había recibido con afectada sonrisa; enseguida giró la cabeza y el hombre bajó la vista precipitadamente haciendo que acomodaba mercadería.
“Aquí tiene”. “Muy amable, Dios te bendiga, hijita”.
Siguió curioseando; la señora, a sus espaldas, se alejaba jadeante.
Norah volvió a sentirse incómoda al fondo del galpón porque acodado en su mostrador el carnicero con porte rioplatense la examinaba de arriba abajo. Este jean marca demasiado y la camisa de seda resalta el busto, reconoció para sus adentros, ruborizándose.
Al regresar hacia el único acceso dos jóvenes muy flacos alineaban rejas en la vereda. Conjeturando si los dueños eran realmente chinos, coreanos o japoneses, apoyó el paquete de sal fina, un shampoo con algas marinas y dos bocaditos dulces frente a la lectora laser cubierta por una franela amarilla, notando definidos rasgos orientales también en la menuda cajera. 
“Paga todo”. “¿Aceptan tarjeta?” “Paga todo, señora”. “Tomá, cobrate”.
Sobre la caja registradora constató, observando imágenes captadas por cámaras fijas en una pantalla led dividida en varios rectángulos para cubrir la totalidad del establecimiento, que definitivamente no quedaban clientes. La cajera tecleaba sumando vaya a saber qué, al mismo tiempo Norah advertía, por el rabillo del ojo izquierdo, la persistente mirada del verdulero que no era asiático sino de origen andino. 
 “¿Cuánto?”, estalló Norah, “pero si son tres cosas locas…” “Paga todo.” “A ver, ¿cómo es que pago todo?” “Paga suyo y señora golda”.
En ese momento se acercó el chino adulto para tratar de esclarecer aquel pequeño mal entendido. Le indicó realizando ampulosos ademanes que la señora con bastón la había señalado. “Señora golda lleva más, bolsillo…,” indicaba el chino metiendo una mano en su pantalón. “Compla dos, esconde cinco”, separaba los dedos delante de su cara.
Norah hizo una mueca despreciativa; en escasos segundos había transformado su enojo repentino en aplastante impotencia.
“Bueno, está bien, cóbrese todo…”, confirmó reafirmando con la cabeza.
Sólo quería salir, llegar de una vez a su departamento.
La china menuda, sonriendo, le dio las gracias; Norah temblaba al recibir su tarjeta, y sin decir palabra corrió arrebatadamente hacia la calle, extraviando el shampoo para cabello graso que usaba Ezequiel. 


Cuento que integra el libro inédito “La Majas”.

 S.F.

viernes, 28 de agosto de 2015

Esencia

Perdura en el aire ese fulgor dorado del crepúsculo otoñal, grandes manchas de sangre mustia desfilan en lo alto formando nubarrones, oscureciendo la densa hojarasca que cubre caminos. El mundo es alboroto susurrante entre copas peladas, sendos escondrijos donde cobijarse hasta el alba, mientras un lento sopor moribundo extiende la distancia del último sol, lejana y mansa presencia, estrella agotada, incapaz de cambiar las cosas. 
S.F.

jueves, 30 de julio de 2015

Espuma de los días

Suerte, como espuma de los días,
ejércitos de infelices que sueñan,
sin atreverse a vivir.
Disonancia repetida hasta el hartazgo
a lo largo de los siglos,
tierra y cielo testigos de masacres,
labradas descomposiciones,
cálida atmósfera engañosa
ocultando un temporal.
Nos inclinamos ante la decadencia,
sublevados frente a espejos majestuosos,
falso brillo de fábulas imposibles
tergiversan recuerdos abortando futuro.
La euforia es el arma de los pobres,
donde la vileza impera
pequeñas muertes sustentan
el fuego inagotable del cosmos
y por más que algunos pretendan resplandecer
contribuirán al gran brillo inútil
que no tiene noción de ser.

S.F.

domingo, 28 de junio de 2015

La iniquidad es una conducta profundamente humana

Con voz enardecida, lejos de poderse oír, el principal agente inmobiliario de Costa Verde gritó una y otra vez tratando de superar ese invariable estampido del oleaje. Resignándose al ardor en la garganta reseca, quedó en silencio por un rato bajo la noche estrellada, absorbiendo de a sorbos el aire salitroso. Finalmente, mordiéndose los labios ante aquel repetido espectáculo, levantó los hombros, especulando con que el ridículo a veces es un pretexto bienvenido, y dio media vuelta sobre sus pasos hendiendo la arena húmeda y fría, para perderse en su cada vez más cementada civilización ribereña. 

S.F.