viernes, 28 de agosto de 2015

Esencia

Perdura en el aire ese fulgor dorado del crepúsculo otoñal, grandes manchas de sangre mustia desfilan en lo alto formando nubarrones, oscureciendo la densa hojarasca que cubre caminos. El mundo es alboroto susurrante entre copas peladas, sendos escondrijos donde cobijarse hasta el alba, mientras un lento sopor moribundo extiende la distancia del último sol, lejana y mansa presencia, estrella agotada, incapaz de cambiar las cosas. 
S.F.

jueves, 30 de julio de 2015

Espuma de los días

Suerte, como espuma de los días,
ejércitos de infelices que sueñan,
sin atreverse a vivir.
Disonancia repetida hasta el hartazgo
a lo largo de los siglos,
tierra y cielo testigos de masacres,
labradas descomposiciones,
cálida atmósfera engañosa
ocultando un temporal.
Nos inclinamos ante la decadencia,
sublevados frente a espejos majestuosos,
falso brillo de fábulas imposibles
tergiversan recuerdos abortando futuro.
La euforia es el arma de los pobres,
donde la vileza impera
pequeñas muertes sustentan
el fuego inagotable del cosmos
y por más que algunos pretendan resplandecer
contribuirán al gran brillo inútil
que no tiene noción de ser.

S.F.

domingo, 28 de junio de 2015

La iniquidad es una conducta profundamente humana

Con voz enardecida, lejos de poderse oír, el principal agente inmobiliario de Costa Verde gritó una y otra vez tratando de superar ese invariable estampido del oleaje. Resignándose al ardor en la garganta reseca, quedó en silencio por un rato bajo la noche estrellada, absorbiendo de a sorbos el aire salitroso. Finalmente, mordiéndose los labios ante aquel repetido espectáculo, levantó los hombros, especulando con que el ridículo a veces es un pretexto bienvenido, y dio media vuelta sobre sus pasos hendiendo la arena húmeda y fría, para perderse en su cada vez más cementada civilización ribereña. 

S.F.

martes, 26 de mayo de 2015

Ciclo

Zumbando calladamente, atraídos por la alborada veraniega,
se apiñan contra el alambre tejido del ventanal todos aquellos pequeños insectos voladores, destinados a ser alimento de las hormigas.

S.F.

domingo, 26 de abril de 2015

Lengua muerta

Me traicionaron las palabras. Debía defenderme pero no se oía mi coartada ni tampoco la escuchaba interiormente. Calculo haber ejercitado cada uno de los músculos faciales sumido en la desesperación por hacerme entender. Presionaban siniestras caras admonitorias, y como si alguien tutelase mis decisiones trazando artificios con los labios, lancé en un grito seco aquel nombre de mujer: ¡libertad¡ Libertad, repetí para mí, sin abrir la boca, con cadencia de mantra. Hoy rescato ese recuerdo, contraste entre sueño y pesadilla, al despertar con la implacable certeza de haber perdido para siempre el don del habla. 

S. F.

Este texto fue leído en la Feria del Libro de Bs. As. en el marco de la lectura sobre "libertad y responsabilidad en la palabra", 24 de abril de 2015.

sábado, 21 de marzo de 2015

Así como empezó la noche

No podía obviarse la hora, porque de esa hora, del día jueves, y de sus maquinaciones aumentadas por el hartazgo, dependía su futuro. Los vio llegar dispuestos, comentaban estupideces que les hacían olvidar del estudio, del taller, de la oficina, del banco, de aquello que habían hecho y que acaso intentarían de nuevo. Lo saludaron prestándole poca atención, entonces se puso a pensar: jamás le daban propina y el Pelado mal nacido iba a dejar la mesa como un chiquero. “Ciertas cosas no se toleran, nadie las tolera”, murmuró roncamente, secando otro vaso. Ellos entraban a la cancha, luego de haber desenfundado sus respectivas paletas, de haber amontonado sus bolsos, y de hacerle señas para que les llevase el agua mineral sin gas. “Hoy va caliente”, sentenció, se le dibujaba una sonrisa por imaginar al Gordito con la boca seca, sudando, tragando, despotricando. Para ese momento andarían perdiendo (peor el Flaco -su compañero de juego -envanecido propietario de la cuatro por cuatro), seguro Angel ya le aflojaba las tuercas de la llanta izquierda, la del lado del volante, y ahí ni Fangio, no hay dirección que valga. Seguía esa fosforescencia amarilla (ahora volaba sobre la red), paladeando el esperado lujo de maltratarlos (ahora picaba en la pared del fondo), justo iba a rechazar el Canoso, a quien le tenía menos bronca (ahora la pelota rebotaba contra el alambrado), quizás porque era más viejo. “Qué joder, nada de achicarse, se la merecían y listo”, rezongó en voz alta. Colegía basándose en que la prueba principal había quedado bien visible en las flagrantes abolladuras del capot de la camioneta del Flaco, confirmada la coincidencia del color con los datos aportados por ese único testigo, que olvidó la patente pero pudo ratificar la hora. Avizorando sus movimientos recordaba a Luisa sin consuelo, preguntándose por enésima vez ¿quiénes sino ellos?, las cuatro basuras que nunca le hacían caso, ensuciando los baños, robándose pelotitas, siempre últimos en salir y con varias cervezas adentro, además iban derecho por Loyola, la calle que Luisa cruzaba cuando venía a buscarlo. Le era imposible borrar de la memoria la figura de su mujer entubada en aquella cama de hospital, mientras los veía divertirse: el Flaco sacaba haciendo gestos soeces, su reloj de oro titilando al sol declinante de la tarde. Le era imposible borrar a Luisa demacrada, fría en ese condenado cajón, y su regreso del cementerio, esa difusa y atroz sensación de vacío, las ganas de llorar contenidas explotándole en los ojos. Finalmente los veía terminar el partido, al Gordito dándole un abrazo a su acólito, sus sardónicas risas, su insultante alegría; sin embargo en un rato van a estar tomando cerveza tras cerveza, hablando pavada tras pavada, hasta que entrada la noche se levanten para irse, caminen haciéndose chistes, suban a la cuatro por cuatro, doblen por el vetusto empedrado de Loyola, y vaya a saber... 

S.F. 

Este texto fue publicado por primera vez en la revista Paddel Total, en 1992, e integra el libro de cuentos "La vida muerde", 2004.

viernes, 20 de febrero de 2015

Este texto está dedicado a la memoria del gran ilusionista argentino René Lavand. 

La destreza no estaba en esa única mano
si no en la coordinación para contar una anécdota
y a la vez mover velozmente los dedos,
así distraía la atención del público
como avezado encantador de serpientes.
Por eso recuerdo que verlo barajar
oyendo su voz monocorde pronunciar precisas palabras,
hacía pensar en el sentido de la vida
en cómo se puede superar la adversidad para convertirla en arte.

S.F.