domingo, 26 de abril de 2015

Lengua muerta

Me traicionaron las palabras. Debía defenderme pero no se oía mi coartada ni tampoco la escuchaba interiormente. Calculo haber ejercitado cada uno de los músculos faciales sumido en la desesperación por hacerme entender. Presionaban siniestras caras admonitorias, y como si alguien tutelase mis decisiones trazando artificios con los labios, lancé en un grito seco aquel nombre de mujer: ¡libertad¡ Libertad, repetí para mí, sin abrir la boca, con cadencia de mantra. Hoy rescato ese recuerdo, contraste entre sueño y pesadilla, al despertar con la implacable certeza de haber perdido para siempre el don del habla. 

S. F.

Este texto fue leído en la Feria del Libro de Bs. As. en el marco de la lectura sobre "libertad y responsabilidad en la palabra", 24 de abril de 2015.

sábado, 21 de marzo de 2015

Así como empezó la noche

No podía obviarse la hora, porque de esa hora, del día jueves, y de sus maquinaciones aumentadas por el hartazgo, dependía su futuro. Los vio llegar dispuestos, comentaban estupideces que les hacían olvidar del estudio, del taller, de la oficina, del banco, de aquello que habían hecho y que acaso intentarían de nuevo. Lo saludaron prestándole poca atención, entonces se puso a pensar: jamás le daban propina y el Pelado mal nacido iba a dejar la mesa como un chiquero. “Ciertas cosas no se toleran, nadie las tolera”, murmuró roncamente, secando otro vaso. Ellos entraban a la cancha, luego de haber desenfundado sus respectivas paletas, de haber amontonado sus bolsos, y de hacerle señas para que les llevase el agua mineral sin gas. “Hoy va caliente”, sentenció, se le dibujaba una sonrisa por imaginar al Gordito con la boca seca, sudando, tragando, despotricando. Para ese momento andarían perdiendo (peor el Flaco -su compañero de juego -envanecido propietario de la cuatro por cuatro), seguro Angel ya le aflojaba las tuercas de la llanta izquierda, la del lado del volante, y ahí ni Fangio, no hay dirección que valga. Seguía esa fosforescencia amarilla (ahora volaba sobre la red), paladeando el esperado lujo de maltratarlos (ahora picaba en la pared del fondo), justo iba a rechazar el Canoso, a quien le tenía menos bronca (ahora la pelota rebotaba contra el alambrado), quizás porque era más viejo. “Qué joder, nada de achicarse, se la merecían y listo”, rezongó en voz alta. Colegía basándose en que la prueba principal había quedado bien visible en las flagrantes abolladuras del capot de la camioneta del Flaco, confirmada la coincidencia del color con los datos aportados por ese único testigo, que olvidó la patente pero pudo ratificar la hora. Avizorando sus movimientos recordaba a Luisa sin consuelo, preguntándose por enésima vez ¿quiénes sino ellos?, las cuatro basuras que nunca le hacían caso, ensuciando los baños, robándose pelotitas, siempre últimos en salir y con varias cervezas adentro, además iban derecho por Loyola, la calle que Luisa cruzaba cuando venía a buscarlo. Le era imposible borrar de la memoria la figura de su mujer entubada en aquella cama de hospital, mientras los veía divertirse: el Flaco sacaba haciendo gestos soeces, su reloj de oro titilando al sol declinante de la tarde. Le era imposible borrar a Luisa demacrada, fría en ese condenado cajón, y su regreso del cementerio, esa difusa y atroz sensación de vacío, las ganas de llorar contenidas explotándole en los ojos. Finalmente los veía terminar el partido, al Gordito dándole un abrazo a su acólito, sus sardónicas risas, su insultante alegría; sin embargo en un rato van a estar tomando cerveza tras cerveza, hablando pavada tras pavada, hasta que entrada la noche se levanten para irse, caminen haciéndose chistes, suban a la cuatro por cuatro, doblen por el vetusto empedrado de Loyola, y vaya a saber... 

S.F. 

Este texto fue publicado por primera vez en la revista Paddel Total, en 1992, e integra el libro de cuentos "La vida muerde", 2004.

viernes, 20 de febrero de 2015

Este texto está dedicado a la memoria del gran ilusionista argentino René Lavand. 

La destreza no estaba en esa única mano
si no en la coordinación para contar una anécdota
y a la vez mover velozmente los dedos,
así distraía la atención del público
como avezado encantador de serpientes.
Por eso recuerdo que verlo barajar
oyendo su voz monocorde pronunciar precisas palabras,
hacía pensar en el sentido de la vida
en cómo se puede superar la adversidad para convertirla en arte.

S.F.

jueves, 22 de enero de 2015

Creyó haber dicho una genialidad,
se reía solo pero sus carcajadas no contagiaban,
insistió repitiendo la ocurrencia a viva voz,
sin que le importen los presentes.
Neciamente reiteró aquello que pretendía ser cómico,
ya con una risa algo desanimada,
falta de gracia, por sobre las voces de sus acompañantes en la cena,
y así su hilaridad se fue disimulando,
diluyendo con la charla,
como el helado que no quiso probar.

S.F.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Cuatro pekineses ciegos

Cuatro pekineses ciegos Sólo este lagarto impecablemente trajeado se podía encontrar con un paseador de canes que arrastre a cuatro perritos tambaleantes, feos como dragones, sus grises ojos bolitas de vidrio salientes. Mal augurio, dije, justo que me presento a un trabajo; no quería ni mirar pero vi que a uno le colgaba la lengua muerta y otro segregaba un líquido espeso de los belfos. Caray Garay, pensé para mis adentros y tuve que cruzar de vereda, porque esos animalejos de borroso color té con leche se chocaban contra todo. Perro de vieja, maldije, y me asaltó la imagen de una lengüita rosada lamiendo y lamiendo la gran almeja mustia de una señora despatarrada que se regodeaba con algún galán de TV saboreando empalagoso chocolate blanco... Más tarde que temprano realicé un parangón con aquellos pekineses y no una coincidencia morfológica, porque más tarde que temprano era yo mismo quien se sentía como una rata acorralada por un gato hambriento; tanto fue así, la sensación, que por instinto abrí la boca para mostrar mis desparejos dientes nunca corregidos por el prolongado uso de ortodoncia, y aunque la verdad no dejara de ser una afectación pasmada en sonrisa, operó en mí de manera tranquilizadora, aliviadora admito. Del mismísimo estómago me subió un “gracias” algo estentóreo y, dando media vuelta sobre mi arrugado cuerpo batrácico, recién ahí, en ese instante, al salir a la calle repuse mi absoluta vulgaridad de anfibio al sol en un mediodía capitalino. La sumatoria de rechazos no te va a matar, murmuré aflojando el nudo tirante de la corbata, hay que comer, hice memoria y tragué saliva vaya a saber con qué geta, y una anciana blanca y rellena que caminaba en dirección contraria me clavó sus ojitos vivarachos como si al pasar le hubiese tocado un pecho. 
S. F.
Este texto se publicó en el número 50 de la revista Odradek, en septiembre de 2010. 

lunes, 24 de noviembre de 2014

Cemento Discoteca

Publico este texto en recuerdo y agradecimiento a Omar Chabán, creador de Cemento.
Capital Federal, 1986
En el barrio porteño de Constitución, sobre la mano par de la calle Estados Unidos, uno se extrañaba con el frente totalmente oscurecido de aquel enorme galpón transformado en discoteca. Para la fecha en cuestión habían anunciado al grupo de teatro alternativo La Organización Negra que estrenaba U.O.R.C. Teatro de Operaciones, definida por sus propios integrantes como: “un conglomerado de operaciones teatrales en estado de ficción con los espectadores”. Por ser viernes, en una fría noche del mes de julio, resultaba curioso que esa interminable fila para sacar entradas se alargara hasta la esquina de la calle Salta. Sin embargo, había otra fila no menos importante de invitados en dirección contraria, y en la vereda opuesta se ubicaban los indecisos y quienes aguardaban el llamado de Omar Chabán, estrambótico dueño de la disco junto con su hermosa mujer, la actriz Katja Aleman, para meterse de favor, porque el ingreso previsto de veintitrés a veinticuatro era muy estricto, debido a que tenía un cupo. Recuerdo que mezclada con el público invitado se destacaba por su altura la actriz Susú Pecoraro, que charlaba animadamente con el gesticulante locutor peruano Hugo Guerrero Marthineitz; también se destacaba la presencia de Daniel Molina, colaborador de la revista El Porteño, junto al vistoso poeta Fernando Noy y el actor habitué franco argentino Jean Pierre Noher entre otros notables talentos artísticos. Las intervenciones de La Organización Negra por lo común resultaban un suceso en sí mismas, convocando gente de diversa procedencia y edades, escondían la particularidad de causar ciegos consentimientos o férreos rechazos, casi en partes proporcionales. Aquella noche estaba acompañado por María Marta, mi novia, quien al oír algunos pocos comentarios previos me empezó a tirar del brazo para que nos volviéramos, y yo trataba de convencerla utilizando la lógica, diciéndole: “vos estás loca, cómo te van a mojar en una obra de teatro y peor todavía en pleno invierno”, ante la sonrisa cómplice de mis mejores amigos. 
Adentro, en la pista que mantenían totalmente sombría, advertimos que el show se iba a producir sólo en ese ámbito cuando nos fueron haciendo pasar. De pronto, explotó un trueno en la cerrada oscuridad y, por tramos, empezaron a prenderse reflectores y láser, los cuales destacaban a varios hombres o mujeres colgados de arneses. Subido a una torre había un muchacho con chaquetilla militar que rompía tubos fluorescentes en la espalda de otro fornido, también vestido con ropa de fajina y borceguíes, y, paralelamente, en distinto sector, una chica muy delgada daba volteretas en el aire mientras recibía una catarata de agua. Los asistentes, desacostumbrados a ser partícipes de espectáculos, casi inmediatamente nos amuchamos contra los rincones. Apelando a sostener la dinámica se sucedían los números, en esa amalgama especial de teatro y circo, donde en ningún momento se hacía uso de palabras. La música, en gran medida original, o sea, compuesta para ese trabajo, retumbaba acorde a los movimientos de los actores, recargada de sonidos percusivos y melodías interpretadas con sintetizadores o guitarras eléctricas. En suma, aquello pretendía ser una experiencia envolvente que no dejara tiempo para pensar; todos éramos partícipes activos, nos sentíamos inmersos en una especie de tren fantasma en el que iba apareciendo un elenco monstruoso y nos sorprendía y desplazaba cada vez terminando acorralados. En medio de la batahola perdí a mi novia y amigos pero, por suerte, al rato terminó el espectáculo y se encendieron las luces y una amplia mayoría marchamos presurosos hacia el lado de la larguísima barra de cemento. 
Cuando volvimos a encontrarnos con María Marta recién ahí, digo, en ese instante, ella y mis supuestos mejores amigos, que seguían impolutos, a las risas me hicieron notar que yo parecía escapado del festejo de la obtención de un título universitario, aunque no fuese el único ni mucho menos salpicado y tiritando en aquella gélida madrugada sabática.

S. F.
Este escrito pertenece al libro: “Aguafuertes de los ochentas”, Textos intrusos, 2014

miércoles, 22 de octubre de 2014

Ateísmo

Teodoro apenas si abrió los ojos en la penumbra asustado por un tremendo rugido. Ni tiempo tuvo para discernir si se trataba de avión a hélices o helicóptero, porque crecía ensordecedor como si viniese a desplomarse sobre su techo. Sin darse cuenta juntó sus palmas y empezó a rogar que aquello pasase de largo, cuando el ruido del motor saturaba sus oídos, creyéndolo cercanísimo del estallido final. Pero la máquina siguió su curso y Teodoro estuvo reflexionando que ni siquiera ese manifiesto riesgo de muerte había podido modificar un ápice su férreo ateísmo.

S.F.