En la presentación de mi último libro.

En la presentación de mi último libro.
Para quienes no acostumbrar a ir a librerías o viven fuera de la República Argentina y quieran conseguir mis "Aguafuertes de los ochentas", pueden consultarme por mensaje privado.

lunes, 24 de marzo de 2014

Archienemigo

Parabarabarabarabarabarabá... Batman. Corría en círculo sin perderle pisada al chillón, a quien vigilaba por los agujeros del antifaz de cartulina. Chocando involuntariamente contra la ropa tendida al sol, pisaba adrede rajaduras tapadas por pintura asfáltica, inventando que eran gusarapos negros, desperdigados por aquel techo embaldosado de ciudad Gótica, la capa de bolsa de consorcio a la que le faltaba el logotipo cobraba vuelo. Parabarabarabarabarabarabá... El chillón prisionero de la insulsez más pura, sollozando estertores infantiles, siempre sentado en esa sillita de madera albinegra pintada con los colores del Club Atlético All Boys, lejos de la baranda del balcón mientras, cada tanto, era acribillado por los gotones que el viento arrancaba de las prendas. El superhéroe murciélago pasaba a su alrededor tirando golpes que lo rozaban, maldiciendo recórcholis, rayos y centellas hasta que el baboso villano cabezón reaccionara a los gritos pelados como en las noches en que no dejaba dormir. Aquel pobre parecía pensar, si no lloraba, presa del miedo con el que había venido al mundo, y a través del cual daba la impresión de vivir en el mundo. Parabarabarabarabarabarabá... “Il uomo pipistrello” como lo denominaba su abuela calabresa al verlo disfrazado de Batman, corría incansablemente por la terraza imbuido en su éxtasis endorfínico, las medias grises subidas por arriba del pantalón de gimnasia obligatorio en la escuela, ajustando la cuadrada hebilla de bronce del cinturón que cada tanto se le bajaba. A diferencia de la televisión, su mente iba registrando todo a color: el cálido aire matutino, sus pulsaciones agitadas, la energía de las piernas, los brazos aleteando, esa seguridad de respuesta que da el cuerpo en la niñez. Parabarabarabarabarabarabá... Quebrando la tibieza de aquella mañana irrumpía, sorprendentemente, una ráfaga interminable de metralla, y, a los segundos, el arranque impetuoso de un auto que salía despedido hacia delante y en la esquina frenaba sonoramente y doblaba en una misma maniobra sin rebajar velocidad. El hombre murciélago no utiliza armas, se defiende con sus puños de las balas, repetía nuestro superhéroe que ahora era una máquina de luchar contra el mal lanzando puntapiés por debajo de un largo pollerón. Por unos minutos se impone un silencio como de madrugada, pero los chillidos fortísimos del chillón, que bien se podían confundir con sirenas de ambulancia y patrullas policiales, provocaban todavía más a Batman quien vaticinaba el refuerzo de durísimos secuaces. Parabarabarabarabarabarabá... De pronto aparecen cuatro hombres saltando por los techos. Uno, el de pelo largo y campera de cuero marrón diarreico, se lleva por delante la primera de las sogas donde está tendida ropa; otro, de estatura mediana y pantalón vaquero con anchísimas bocamangas, por mirar hacia atrás se tropieza con el chillón quien lo hace caer. Batman cree realmente que llegaron los refuerzos pedidos por su archienemigo y les grita: “Alto, deténganse, en nombre del bien, ¡temblad malhechores!”, emulando la voz gruesa del doblaje televisivo, alzando el puño parapetado desde su puesto entre sábanas blancas con verticales rayas celestes. En la escuela, los demás chicos envidiaban que lograra el difícil tono jocoso del personaje “Guasón”, pero, además, incluso se daba el lujo de sacar sin esfuerzo la vocecita aflautada de “Robin, el Chico Maravilla”, y hasta le salía muy bien la del “Jefe O'Hara o Comisionado Fierro”. El último de los hombres en su huída, aquel que usaba unos bigotes a lo mejicano, casi por reflejo disparó varias veces su pistola semiautomática hacia el lugar donde había escuchado aquella orden y continuó su escape saltando hacia el techo lindero. Abajo, en la calle adoquinada, recién empezaban a asomarse los vecinos que se habían ocultado por el tiroteo y, al oír más tiros, retrocedieron con cierto patetismo y ridiculez característico de las películas mudas. Ya acudían los Ford Falcon particulares, a los que sobre el techo le acoplaban una alarma grande como una torta, Unimog del ejército, aceitunadas camionetas F100 carrozadas como ambulancias y hasta una autobomba de los bomberos que hacía repicar su sirena de manera horrísona. Parabarabarabarabarabarabá... El chillón se mantenía inmóvil y en silencio, conservando la misma posición de la caída: volcado contra su costado izquierdo, la boca torcida inmersa en un charco salivoso al que le sentía marcado gusto a orina. Babeaba enfurecido sin perder de vista su sillita y más allá al archienemigo, a quien veía también sobre las baldosas rojizas aunque cuerpo a tierra, el antifaz volado por arriba de la frente, los ojos que lo vigilaban sin pestañar, callado y quieto como nunca. El chillón petrificado por el miedo, calculadamente reaccionó al oír pasos, identificándolos en medio de tanto alboroto. Entonces levantó un brazo agitándolo en el aire y lo sostuvo desesperadamente. Reconoció que era su madre quien subía saltando de a dos los escalones porque pronunciaba el nombre de su hermano con una voz desecha, desconocida, casi un alarido macabro. Hizo su reclamo agudísimo y bestial hasta desgarrar los pulmones, agitándose como con un ataque de epilepsia. Pero esta vez su madre iba arrebatadamente, sin que le importara pisar todas aquellas prendas recién lavadas, al auxilio del paladín de la justicia. 

El cuento “Archienemigo” pertenece al libro inédito: “Las almas de la fiesta”.

lunes, 24 de febrero de 2014

El Pozo Voluptuoso

Capital Federal, 1989

Ubicado en pleno barrio de Palermo, más precisamente sobre la calle Honduras a la altura del 4900, se encontraba este antro bajo tierra. Sospecho que su nombre surgió de las dimensiones del local, porque era un amplio sótano pintado de colores que al descender por una escalera angostita se abría hacia la izquierda y al otro extremo mostraba una barra bien puesta con taburetes fijados al piso, al fondo el escenario y los baños. En este ámbito también se hacían puestas de teatro under pero ese jueves de septiembre a la una de la madrugada iba a tocar Orge con su banda de rap, género totalmente nuevo para el rock casero, originado en las calles del barrio Neoyorquino de Harlem, donde la mayoría de sus habitantes sufrían extrema pobreza y analfabetismo. Ya desde los medios locales alentaban a optar por este tipo de música que por supuesto no venía sola, se completaba con una manera de vestir y los gestos ampulosos del andar prototípico de los adolescentes negros norteamericanos y había que escucharla en radio grabadores gigantes que los “raperos” colocaban en las anchas esquinas para bailar. Aunque también surgía como una manera distinta de inclusión para los marginados en general, que con este tipo de expresión parecían haber recuperado su orgullo, pero además era utilizada como método de protesta y, visto desde ese ángulo, se volvía indiscutible y maravillosa su eficacia. Esa noche primaveral fui con una hermosísima chica alta y dorada que extrañamente no se sacaba los anteojos de sol ni para dormir, a quien había conocido apenas la semana anterior en otro pub citadino. A simple vista Lorna parecía turista europea, pese a ser tan porteña como el obelisco, debido a su permanente actitud de sorpresa y a esa pronunciación extraña por haber tenido que superar la tartamudez de su infancia. Conseguimos una mesa cercana al escenario y pedí ginebra con hielo y una gaseosa light lima limón para Lorna, que era “abstemia de nacimiento”, así le gustaba definirse. Orge, inesperadamente por lo menos para mí, salió al escenario muy pasado del horario en que se lo había anunciado acompañándose sólo con un radio grabador estéreo. Cortaron la música del ambiente, lo iluminaron con unas potentes luces y como verdadero maestro de ceremonias empezó su show manejando los tiempos con precisión estilística. Cada vez que quería darle un beso en la boca a Lorna y otras tantas veces sin mediar ese intento, me daba una pastillita: “para el aliento”, explicaba. Y recuerdo la única tarde que pasé a buscarla por su casa porque salió a recibirme con una especie de protector bucal como el que usan los deportistas: “Sufro de bruxismo”, aclaró enseguida, como si dijese “estoy resfriada”. Casi mordiendo el micrófono Orge rimaba el remate de sus frases, articulándolas a los movimientos corporales, pero sobre todo a los compases marcados por ese sonido serruchante de batería electrónica. Y en medio del concierto sucedió lo esperado, tuvimos que salir dos veces a la vereda para “respirar aire puro”, pese a que Lorna afirmaba no ser claustrofóbica, “sólo me asquea este olor fuerte a cigarrillo”, decía con dulzura de púber. Cuando volvimos por segunda vez nos habían quitado la mesa y vimos parados desde la barra cómo Orge gesticulaba ofensivamente con las manos de dedos regordetes desde el borde del escenario donde un foco le daba de lleno agrandando su figura de por sí voluminosa. “Parece la pantalla de mi velador”, bromeaba Lorna, refiriéndose al fez de color rojo que sorprendentemente se mantenía incólume sobre la cabeza de nuestro rapero. Iba por mi quinta ginebra y empezaron a importarme poco los comentarios y pedidos constantes de mi hermosísima interlocutora, es más, me pegué a su cuerpo y balbuceaba en su oído e intenté abrazarla y besarla. Hasta donde recuerdo terminé esa fatídica noche con la grotesca sensación de estar metido en un pozo muy profundo y rodeado por miles de gordos que reían a carcajadas.
S.F.


Esta crónica pertenece al libro: Aguafuertes de los ochentas, Textos intrusos, 2014.

martes, 21 de enero de 2014

Deriva

Estuve mucho tiempo sin rumbo,
atravesado por angustia, desánimo,
chocando contra perpetuos extravíos
cautivantes luminarias, efímeras
como su colorido haz;
pero en algún momento
floreció una indiscutible salvación
y sensatamente me aferré
a aquello que tenía a mano,
aunque se tratase de pocos lazos
amortiguaron golpes, fueron vitales
para el acto de levantarme y seguir,
ahora con la absurda certeza de saber
que nunca hubo ningún rumbo.

S.F.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Un lagarto en el altillo

Para mí resultaba tan ordinario el espectáculo del amanecer, con la tangible salida de ese sol endemoniado que iba creciendo, pintando todo a su paso hasta el extremo de producirme una momentánea ceguera, que corría a cerrar las ventanas. Y, retrocediendo, casi era inevitable que me clavara la misma tabla en la frente. Como un poseso encendía un velador y continuaba mi peliaguda tarea, llenando hojas de Word con palabras y más palabras. Comía algo a lo ratón, entregaba mi trabajo por correo electrónico y me iba a dormir. Pero como cualquier recorrido tiene un final, cuando aquello iba dejando paulatinamente de brillar y entonces objetos, animales, inclusos hasta los sujetos se borroneaban, yo aprovechaba para salir un poco de la madriguera, estirar las piernas, hacer compras. Notorio es que quienes primero se adaptaron fueron los microorganismos, duchos por su ínfimo tamaño a no ser vistos, considerados, tenidos en cuenta, me decía. En cuanto a la flora (que no es mi prima hermana) lo supo desde el principio, y siempre contribuyó a sostener universos propios y ajenos. Las aves y los cuadrúpedos lo aceptaron con cierta naturalidad, incluso muchos consiguieron amoldarse a vivir en una oscuridad total y se ocultaban de la luz, como el pez en el umbroso fondo del océano, claro está. Pero quedábamos nosotros, opino, las autodenominadas personas, seres humanos, individuos... Y ahí es de donde nacen todos los problemas, ¿o me equivoco?
Seré curiosa: ¿de qué vive un periodista?
Me interrogó esa señora bien acicalada, con quien mantenía un breve intercambio de frases, en la presentación de aquel ensayo basado en el arduo estudio científico sobre la periódica destrucción de los ecosistemas.
De untar al mundo con una realidad para que veteranas como usted tengan tema de conversación cuando toman té, mentí sin dudar.
Me miró con desprecio y dio vuelta la cara.
No sos muy sociable que digamos, mejor volvete a tu covacha, lagartón, me dije y así lo hice, asumiendo que tal vez pudiese ser pariente lejano de Nosferatu.

S.F.
Este texto se publicó en el número 37 de la revista Odradek, en agosto de 2009. 


martes, 29 de octubre de 2013

Por suerte se muere una sola vez en la vida

Uno es libre del tiempo sólo en la niñez, ya en la adolescencia empieza a tomar conocimiento de que debe cumplir ciertos horarios, pero en la madurez la vida entera se rige por el segundero y los sucesos importantes pasan angulosos y siempre parecen superarnos. Aunque todo vuelve a armonizarse en la vejez, debido a que la memoria afectiva, haciendo un racconto, se detiene en hechos fundamentales, y en ese período las horas se estiran cobrando otro sentido, tal vez regidas definitivamente por el latido del corazón. 

S.F.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Consultorio odontológico

Un movimiento inconcluso quedó flotando en el ambiente de esa reducida sala de espera. Aunque en cuestión, aquel hombre corpulento arrellanado sobre el largo sofá, nunca se hubiese ni siquiera deslizado. Un supuesto amago milimétrico de desplazamiento les hizo percibir por igual a todos los demás pacientes, porque de pronto elevaron la vista al unísono para mirarlo, que quien exhibía su lustrosa mejilla izquierda inflada como un globo se iba a levantar sin que la secretaria hubiese llamado. Pero aquel hombre corpulento con sereno gesto adolorido, siguió en silencio leyendo la revista deportiva, haciéndoles creer que interesadamente. 
S.F.

jueves, 29 de agosto de 2013

La chica caminaba todas las mañanas
para ir a la escuela, bordeando el enorme 
portón de ingreso a aquel cementerio. 
Y descubrió que algo, perdido entre tantas cruces, 
resaltaba hasta en los días nublados. 
Al principio se negaba a mirar, 
pero una y otra vez caía en la tentación. 
Llegó a comentarlo con las amigas 
que enseguida ridiculizaron sus dichos. 
Entonces se decidió a entrar, 
y fue directamente hacia el objeto, 
guiada por ese espaciado centelleo. 
La placa de bronce estaba ennegrecida
aunque pudo leer, tallados en el metal, 
su nombre completo y una fecha, 
que era justamente la de su nacimiento. 

S.F.