sábado, 16 de abril de 2016

Azul oscuro

El comisario P. estaba orgulloso de su familia, siempre les hablaba a los subalternos de que había logrado “la parejita” y de que Marina era lo mejor que le podía haber pasado en la vida. Pero todos sabían que hacía llevar a su oficina a los presos jóvenes para usar sus “dos pistolas de la ley”, como le gustaba decir, una para la sien y la otra para la boca, explicaba el comisario P. con sonrisa burlona.
S.F.

lunes, 14 de marzo de 2016

A renglón seguido

Me dije echo todo por la borda (terminología marítima empleada en el habla del común), pensando neutramente: si a los batracios se nos renueva la piel por completo varias veces al año; jugué con la idea absurda dando por sentado (cavilando como leguleyo) que cambiar era sencillo para una larva temblequeante y huyendo hacia el futuro, mientras me convencía de estar en pleno proceso de cambio (frase de la jerga política), situación que muchas mujeres suelen afrontar recurriendo a la estética, sin hilar fino (regla de costurera); los lagartos no van al cielo (afirmación netamente religiosa), sentencié para mis adentros, hablando en potencial, y por primera vez en la vida oír mi patético gimoteo me alivió; salirse de uno mismo permite apreciar el panorama (parábola seudo psicológica), pero los seres tristes no conseguimos dejar de serlo ni por un instante y es por ese motivo que todo esfuerzo es vano (enunciado pesimista a ultranza), aunque convirtiéndome en abogado del diablo -en latín: advocatus diaboli- (denominación popular que se le daba al defensor público en los procesos de canonización de la Iglesia Católica), de mí mismo -si se me permite el divague-, a renglón seguido (expondría un narrador), sin afán de lucro (fijaría un juez) la realidad supera la ficción (enunciado facultativo), balbucí apagando la luz pero padecía una trasnochada noche (nótese la creativa paranomasia) y no hice otra cosa que prenderla -figurativamente hablando (detallaría un artista visual)-, como para caer en la cuenta (alocución típica de contador público) de mi chiste malo con cierta temeridad de hombre rana; y, sin decir “agua va” (máxima de plomero), pensé para mis adentros (repaso de sordo mudo –en la modernidad hipoacúsico): mañana será otro día (obviedad campechana), tratando de contar ovejitas (antiguo remedo ineficaz para curar el insomnio), ole, ole. 

Este texto se publicó en el número 76 de la revista Odradek, en enero de 2013. 
S.F.

miércoles, 17 de febrero de 2016

El derrotero de la vida es un reloj sin agujas

Una concesión no es una pausa
y si se pierden las pocas certezas
mal plantado, tiritando de bronca,
zanjar resueltamente un nuevo cause,
eludir pronto la puerca desazón de estar vacíos
porque no se linda gratis con el cielo
ni se anhela tanto lo que mata,
sin luna como vector volver a pensarse
ya que nunca hubo reemplazo
como no hay tardes similares,
ni terruños ni cortezas,
aunque todo salga peor en días nublados
y la masa amanezca sumida en su indiferencia
sólo los cobardes esperarán soñando
hamacados con el impulso del devenir,
abatidos por un silencio mórbido del pasado
inmersos en el misterio que los trasciende.

S.F.

domingo, 17 de enero de 2016

Tren suburbano

En aquel convoy no cabía más gente, Clarisa sintió que la tocaban, 
apenas si pudo girar el cuello, porque le era imposible moverse. 
Una mano acariciaba la entrepierna, otra buscaba su pezón derecho. 
Aquello duró ese breve trayecto de una estación a la siguiente, 
pero fue tan intenso, que al recordarlo, Clarisa todavía se conmueve. 
S.F.

martes, 1 de diciembre de 2015

La sed del otro

No sé cómo hago para convivir con un borracho
ríe cuando hay que callar o discute hasta consigo mismo
dice lo que piensa sin guardar nada,
exultante y absurdo suelta su sarcasmo
devuelve preguntas con más preguntas
se atreve a creer que su verdad es absoluta
y se llama a silencio sólo para evadirse.
Le encuentra auténtico sentido a la vida
da forma al vacío y hace equilibrio en las cornisas,
percibe la ruindad del mundo aunque no lo afecte
pero se deslumbra frente a una flor de plástico,
grita al hablar y nunca le basta lo que bebe
se va consumiendo como un alimento rancio,
apenas logra ponerse en pie camina a los tumbos
reconoce mi cara reflejada en las vidrieras
y siempre me siento dolorosamente triste.

S.F.





domingo, 8 de noviembre de 2015

Gloria

Mi nombre
escrito a fuego
en tu palma,
cuando rozas
ese punto culminante
de mi ser.

S.F.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Argenchino

Aquella eventualidad iba a resultar falsamente anticipatoria para Norah, ya que llevaba unos meses con Ezequiel en el monoambiente luminoso del barrio de Almagro y nunca había necesitado hacer una compra de última hora.
Ni bien ingresó al supermercado tuvo la impresión que estaba por cerrar; vio poca gente en ese local espacioso y le pareció raro el saludo tan amable de los empleados. Cuando recorría un pasillo con productos envasados la conmovió una señora mayor: al caminar apuntalada en su bastón bamboleaba las caderas obstruyendo por completo el paso y volteando algunos artículos en ambas góndolas.
“Querida, por favor, ¿me alcanzarías un envase chiquitito de bayonesa?” “Claro, ¿qué marca?” “La más económica, hija… Me olvidé los cuatrojos”.
Norah de pronto percibió la presencia silenciosa del chino adulto, quien al entrar la había recibido con afectada sonrisa; enseguida giró la cabeza y el hombre bajó la vista precipitadamente haciendo que acomodaba mercadería.
“Aquí tiene”. “Muy amable, Dios te bendiga, hijita”.
Siguió curioseando; la señora, a sus espaldas, se alejaba jadeante.
Norah volvió a sentirse incómoda al fondo del galpón porque acodado en su mostrador el carnicero con porte rioplatense la examinaba de arriba abajo. Este jean marca demasiado y la camisa de seda resalta el busto, reconoció para sus adentros, ruborizándose.
Al regresar hacia el único acceso dos jóvenes muy flacos alineaban rejas en la vereda. Conjeturando si los dueños eran realmente chinos, coreanos o japoneses, apoyó el paquete de sal fina, un shampoo con algas marinas y dos bocaditos dulces frente a la lectora laser cubierta por una franela amarilla, notando definidos rasgos orientales también en la menuda cajera. 
“Paga todo”. “¿Aceptan tarjeta?” “Paga todo, señora”. “Tomá, cobrate”.
Sobre la caja registradora constató, observando imágenes captadas por cámaras fijas en una pantalla led dividida en varios rectángulos para cubrir la totalidad del establecimiento, que definitivamente no quedaban clientes. La cajera tecleaba sumando vaya a saber qué, al mismo tiempo Norah advertía, por el rabillo del ojo izquierdo, la persistente mirada del verdulero que no era asiático sino de origen andino. 
 “¿Cuánto?”, estalló Norah, “pero si son tres cosas locas…” “Paga todo.” “A ver, ¿cómo es que pago todo?” “Paga suyo y señora golda”.
En ese momento se acercó el chino adulto para tratar de esclarecer aquel pequeño mal entendido. Le indicó realizando ampulosos ademanes que la señora con bastón la había señalado. “Señora golda lleva más, bolsillo…,” indicaba el chino metiendo una mano en su pantalón. “Compla dos, esconde cinco”, separaba los dedos delante de su cara.
Norah hizo una mueca despreciativa; en escasos segundos había transformado su enojo repentino en aplastante impotencia.
“Bueno, está bien, cóbrese todo…”, confirmó reafirmando con la cabeza.
Sólo quería salir, llegar de una vez a su departamento.
La china menuda, sonriendo, le dio las gracias; Norah temblaba al recibir su tarjeta, y sin decir palabra corrió arrebatadamente hacia la calle, extraviando el shampoo para cabello graso que usaba Ezequiel. 


Cuento que integra el libro inédito “La Majas”.

 S.F.