sábado, 20 de abril de 2013

Paroles

Desgraciadamente para Nathalia su problema de incontinencia verbal había nacido con ella. Ya hablaba antes de haber aprendido a leer y en plena infancia reproducía a la perfección conversaciones de los mayores. La dificultad se agravó en su adolescencia, al descubrir que la belleza era un concepto y que encanto podía ser sinónimo de juventud lo mismo que inocencia de niñez. Aunque la gran revelación recién le llegaría al envejecer, cuando Nathalia por fin entendió cuál debía ser el momento razonable para hablar, pese a que en ese establecimiento Geriátrico nunca nadie le prestara atención.

S.F.

jueves, 21 de marzo de 2013

Territorialidades: Enrique G. Gallegos, Pedro Goche y Francisco Naishtat

Según Yeats la poesía “es un acto social en soledad”, por ese motivo es muy poco común encontrarse con una obra que incluya a tres autores, conviviendo hermanados, bajo un mismo título. Pero en el caso de Territorialidades, cualquier enfoque antitético queda de lado porque justamente cada poeta toma la palabra desde su propia visión del mundo, donde sus ciudades de origen: Guadalajara, San Pedro (México) y Buenos Aires, funcionan como esencial punto de partida para concebir una voz original dentro de la propuesta colectiva. 

Para Enrique G. Gallegos, quien abre el libro, la territorialidad pasa por la condición humana, donde subyacen mediocridad y conformismo emparentados a vileza y resentimiento. La suya es una poética que refleja cruda y sobriamente la vida cotidiana, desarrollando esa imagen ordinaria del hombre común como su principal enemigo. Vale señalar que en estos poemas, tan luminosos como desesperanzadores, encontramos un germen Kafkiano que denuncia, entre otros males civilizatorios, a la rutina como la muerte en vida. En “Anómalos”, el texto que corresponde a Gallegos, la palabra clave parece ser burocracia, y su poética, cargada de violencia lírica, parte de la insensatez para desnudar infamias y sumisiones, similares a las que develara aquel patético personaje sin nombre dostoievskiano de “Memorias del subsuelo”. Pero en el caso específico de Gallegos, quien da clara cuenta de que la sumatoria de vivencias en el avance de los siglos, con todo lo que ello implica, siguen siendo inermes para ciertos comportamientos humanos, lo inconcebible se perfecciona hasta rozar el grado de la ridiculez. 

El segundo autor es Pedro Goche, quien provoca punzando desde el título “Paquetería”, y sin solución de continuidad nos conduce por un territorio extremo, donde la muerte es presentada como estigma de la “mexicanidad”. Para ello se nutre de un México profundo descripto con lenguaje preciso, que permanece impasible a la sombra del imperio y nos hace recordar a los cuentos de “El llano en llamas” y a la novela “Pedro Páramo” de Juan Rulfo (donde también el dolor y la impotencia son eje de la acción), remitiendo al lector por medio de un estilo resuelto a través de la tosca belleza de lo sencillo, a un repaso de su propio proceder, como por ejemplo en el poema Las ciudades enfermas, ó en La Raza, donde nos exhorta a reflexionar sobre civilización y progreso. Porque para Pedro Goche, quien expone el pasado para hacernos comprender nuestro presente, las menudencias de su enunciado pasan a ser opacidades del ánimo, reflejadas en un espejo congénito donde se asienta la memoria de la sangre con dolorosa grandiosidad. 

El tercer y último libro es autoría de Francisco Naishtat y se llama “Destiempos”. En base a una lírica criptica y racional, poblada de surgentes enunciados en los cuales se proyectan nuevos interrogantes, Naishtat construye una poética centrada en la incertidumbre, que pone en foco el olvido como herramienta necesaria para cerrar su idea recurrente de la inexistencia del hombre como individualidad. 
Su propuesta queda manifiesta en el poema “Contrafáctico” donde concluye expresando: El olvido es la comunidad de destino del ser y el no ser 
Mortalidad absurda de la nada. 
Atravesados por una angustia casi suicida, en los poemas de Francisco Naishtat el concepto de realidad queda permanentemente enclenque, y se exhibe, desde la entelequia de su estilo impregnado por una belleza metafísica, un mar de dudas que, como olas, invariablemente regresan a una costa supuesta sin aparente sentido, aunque en realidad conserven un celoso sincretismo universal. 

Sergio Fombona 

Texto leído en la presentación de Territorialidades, en el auditorio David Viñas del Museo del libro y de la lengua de Buenos Aires, el día miércoles 20 de marzo de 2013.

jueves, 21 de febrero de 2013

Dispersión

Cuando Juan José comprendió que aquello imperceptible a través de sus ojos también formaba parte del mundo, de ese mundo que lo excluía deliberadamente, sin noción exacta pero movido por un principio de incertidumbre, tomó conciencia de que como en la física cuántica cada partícula cumple una función determinada y de que él era solamente otro engranaje donando una chispita de energía para que el universo siga en perpetuo movimiento; aunque lo que todavía no logra deducir Juan José, por más que intente madurando la idea, es qué sentido tiene sostener ese descomunal despliegue.

S.F.

martes, 22 de enero de 2013

El presidente de la Nación

Sacudido por la inopia de sus primeros años de vida, independiente y espontáneo al andar del reconocimiento sin normas, aquel chico rudo de nacimiento y endurecido todavía más por las circunstancias, pese a todo siempre aportaba a sus pares una inusitada seguridad, condición que al principio no conseguía diferenciar, pero al ir creciendo y a raíz de las reacciones de los demás, de a poco fue moldeando a su entero favor.

S.F.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Una auténtica deuda

Como si se tratase de una regla impuesta por el avance de la civilización, siempre asociada al progreso de la humanidad, se presentan algunos hechos como inevitables, pese a tener que establecer múltiples contrariedades en procura de justificarlos. A lo largo de los siglos se podrían citar cantidad de situaciones en las cuales el hombre se ve en la obligación de matar al prójimo para cambiar un estado de cosas hipotéticamente obsoleto. Porque cuando ciertas Naciones resuelven establecer un discurso dominante, enarbolando logros en todos los órdenes de la vida, difícilmente aquellos pueblos señalados como retardatarios por quienes alimentan ese crecimiento, puedan resistir su acometida.
Pero es absurdo argumentar unilateralmente, en nombre de la humanidad civilizada, la necesidad de aniquilar a pobladores nacidos en una región, y al mismo tiempo esgrimir métodos tan bárbaros como los que en teoría pretenden erradicar. Este es el caso de la erróneamente llamada “conquista del desierto”, bajo la presidencia de Nicolás Avellaneda, encabezada por el joven general y Ministro de Guerra Julio Argentino Roca. Apuntalada en la corriente occidental de pensamiento europeizante, esta ocupación violenta financiada por la casta patricia que en su mayoría integraba el Gobierno central de Buenos Aires, tenía la finalidad de suprimir a esa supuesta “raza estéril” que habitara el sur de la Argentina, para apropiarse de aquel vastísimo territorio, denominado Patagonia por los colonizadores españoles. La matriz ideológica para fundamentar esta empresa la da, sobre todo, el paradigma urdido por Domingo Faustino Sarmiento en su libro: Facundo o Civilización y Barbarie en las pampas argentinas, donde entre muchos otros hitos instala una dicotomía enfrentando al bien y el mal encarnados en ciudad versus campo, civilidad europea-norteamericana contra ignorancia provinciana, y es en ese marco en el que se consolida el mote de salvaje para los aborígenes, comparándolos con meros animales para restarles escala humana y sentar las bases de su exterminio.
Pasados tantos años, el pueblo argentino todavía mantiene una auténtica deuda con los ciudadanos argentinos que no descienden de los barcos, y para con quienes actúa con marcada indiferencia frente a sus conflictos, que debiese tomar como propios. Y por más que el Gobierno actual haya incluido derechos específicos de los pueblos indígenas dentro de los derechos humanos, hoy en día desde el mismo Estado se priorizan actividades económicas en desmedro de las familias originarias de esos territorios, en muchos casos favoreciendo a empresas locales o de capitales extranjeros, para que implementen el cultivo de soja o desarrollen la minería o extiendan sus yacimientos petrolíferos, aplicando una implacable represión contra la débil resistencia de los aborígenes o el sistemático abandono por parte de las autoridades locales, causando condiciones de extrema pobreza en sus comunidades, desnutrición infantil y trastornos de todo tipo.
Desgraciadamente, hasta que el propio ser humano no controle esa poderosísima droga innata que es el poder, y siga abusando del ejercicio de ese poder, procederá cometiendo genocidios. Porque si la única consecuencia para los victimarios va a ser una tardía deshonra, sólo el revisionismo histórico, parte de la sociología, la antropología social o acaso hasta la literatura en alguna de las categorizaciones -cuya función no es la de suplantar la falta de justicia-, intentarán echar luz sobre los acontecimientos -que como en el caso puntual del exterminio de aborígenes del sur argentino ciento treinta años después continúa generando opiniones antagónicas-, para acercarnos un poco más a la verdad.

Sergio Fombona

Texto leído el 12 de diciembre de 2012 en la inauguración de la Biblioteca Popular “Osvaldo Bayer”, del Centro Cultural Rayuelas del Sur, ubicado en la ciudad de Lanús.

sábado, 17 de noviembre de 2012

La geometría del instante

El hombre con pelo entrecano revuelto sube el cuello de su campera inflable de color gris latoso y vuelve a meter las manos en los bolsillos.
—¿Me convidás un faso?— pregunta al recién venido.
—No fumo.
Se estudian mutuamente disimulando rápidas miradas.
—Cuando la mano viene mal... Hoy tuve un día de perros y ésta, por lo visto, es una noche de perros..., ¡qué lo parió!— declama el de campera.
—Puedo equivocarme, pero a mí me suena que acá los perros somos nosotros. Pensá que cada día se le enseña al mundo, a quienes lo habitamos, más y más imbecilidades. Y el mundo aprende, consume y se regodea; claro, consume sólo la parte que puede, porque son muchísimos quienes le piden al cielo y el cielo le devuelve tempestades.
Hace silencio, convencido de haber dicho una revelación.
El hombre con campera gris, sentado a metro y medio en el mismo banco de cemento enfriado, creyendo que puede ser evangelista lo mira neutralmente.
—Europa es bosta reseca y Estados Unidos mierda humeante— agrega el recién venido.
—Lo parió— declama sonriendo su interlocutor. —Acordate, bola, dentro de cincuenta años, la tercera parte del mundo va a ser amarilla— sentencia.
En el ambiente, un rebelde olor a orines secos, parece encostrado en el propio piso bajo sus suelas.
—Un cuarterón de tierra apenas queda del mundo para que lo sigan descuajeringando: ¿cómo es tu nombre?
—Norberto, pero me dicen Beto, el Beto, aunque no juegue como Alonso— aclara quien lleva puesta la campera gris.
—Sergio.
Se dan la mano.
Alguien ronca, abrigado por una mugrosa frazada que alcanza hasta los pies dejando al descubierto llamativos zapatos blancos, recostado a lo largo del banco.
—Pensemos…, todas esas empresas multinacionales, me refiero a los que las manejan, se garcan en sus hijos, en sus nietos y si vos querés también en sus bisnietos y tataranietos.
—Por ahí no saben...
—¿Saber qué?— interrumpe Sergio y agrega con ensañamiento. —¿Qué concha es saber? Son una sociedad secreta, una secta mormónica, la logia de los Lautaros; mientras nosotros, boludos útiles, nos seguimos juntando en pequeñas tribus, y desde nuestro pequeño refugio competimos entre nosotros para ver quien la tiene más grande.
—En eso se va la vida— opina con seguridad, ahora considerando que es comunista.
Se ven las caras gracias a esa escasa luz artificial proveniente del pasillo, que traspone el ventanuco en la puerta de hierro, sumada a otro borroso y esquinado reflejo de la calle que cae desde una ventana enrejada por la cual no cabría una persona.
—Y vos.
—Qué.
—La causa.
—Soy remisero, laburo para una agencia en Capital... Primero contá la tuya— reflexiona y corrige, desconfiado, poniéndose serio.
—Averiguación, ebriedad, vagancia, da lo mismo.
—Veinticuatro horas clavadas— afirma.
—Depende, por ahí cuarenta y ocho o setenta y dos, y multa— acepta Sergio bajando la vista al piso.
Especula con que ese instante parece cobrar una entidad distinta, se torna pesado, se estira, negándose a transcurrir. El tiempo es un invento del hombre, nos ordena, obliga, da sentido, cavila estirando aquella pausa espontánea.
—Ahora te toca— conmina, súbitamente, mirándolo.
—Lo mío no es joda.
—¿Una muerte?
—¿Conocés a Pamela Romi?
Cabecea pensativo.
—¡Lo que te perdés! —se apoya por completo en la pared, también pega la nuca. —Me tocó a mí, le podía tocar a cualquiera. Después supe que ella me pedía. Era su chofer oficial, bien trajeado, impecable. Iba los martes a las diez de la mañana hasta Villa Caraza, la calle Mendoza, de ahí derecho al canal once.
—¿A telefé?
—Al de Pavón, al once. —Sube el cierre de la campera hasta el tope y enseguida mete nuevamente las manos en los bolsillos. —Te explico: las primeras veces yo ni sabía quién era y la piba usaba el cinturón de seguridad, se hacía chiquita en el asiento de atrás, ni una palabra en todo el viaje. Pero me llamaba la atención que la dejaran ir solita, que no viniera con la madre. Yo relojeaba por el espejito y a lo sumo tiraba alguna frase tonta, me hacía el simpático, parecía todo un colegial, parecía.
—Nunca miro televisión. ¿Está buena?
—Te morís, bola, vas preso.
Cruzan miradas en un silencio forzoso porque oyen una sirena, se dan cuenta de que se acerca debido a que el ulular aumenta intensidad y, cuando se torna insoportable, cuando satura proviniendo justo del otro lado de la pared, de golpe cesa.
El durmiente les echa una ojeada, los ojos achinados, lagañosos; gruñe algo inentendible y les vuelve a dar la espalda, cubriéndose por completo con esa frazada descolorida.
—¿Qué hacía en la tele?
—Aunque no me lo creas era una paquita de Xuxa.
—Paquita, ¿qué significa Paquita?
—La novia de Paquito, el loro del programa.
—Ah— repasa unos segundos y sonríe involuntariamente.
—Te bato la justa: si la nombro me da electricidá en todo el cuerpo. Posta, hermano, posta.

—A veces salía directo de la grabación sin despintarse y le quedaba la boca roja bien marcada y los párpados turquesa le daban pinta de mujer; era una nena disfrazada de mujer, sabés. Mirá que pasaba la aspiradora por los asientos, hacía lavar las alfombras y tiraba desodorante de ambiente, pero Pam, ves, ahí me da electricidá, más en el espinazo.
—A ver, repetí conmigo: Pa-me-la.
—Ni hablar, bola, dejá.
—Pam, pame, pamela, pamelita...
—Cayate carajo, no me hinchés las pelotas— gruñe y saca las manos cerrando los puños, despegándose de la pared.
—Disculpá, disculpá, todo bien…— pide Sergio colocando sus palmas hacia abajo, en señal inequívoca de calma; después desvía la mirada hacia el que ronca plácidamente, como si buscara protección.
Vuelven a quedar callados.
Al rato oyen una voz masculina algo afectada reclamar ir al baño repetidas veces, después se aplaca, pero más tarde empieza a los gritos y, por último, también embiste la puerta de hierro.
—Pará, maracaibo, terminala o sos boleta— ordena Beto, exigiendo al máximo su tono disminuido por el hábito tabáquico, descargando enojo.
Disfrutan de unos minutos en completo silencio.
—El mundo sigue siendo igual... —Sergio rompe el mutismo manteniendo la vista fija en un agujero del techo. —Habría que remitirse a los guetos, especialmente al de Venecia, a las segregaciones raciales, a la exclusión de las minorías, recién para empezar a hablar— plantea todavía sin ver a su interlocutor.
—¿Lo qué?
—Nada. Pero imaginate el hipotético caso de que tuvieses que “definir”, entrecomillado (hace el gesto separando el índice y el anular de su mano derecha a la altura de los ojos), en pocas palabras, a un ente de otra galaxia, cómo es el ser humano.
—Un pobre infeliz que se vive equivocando.
—Ahí va, animales “desarrollados”, también entrecomillado (reitera el gesto curvando y enderezando varias veces las primeras falanges), que siguen siendo carnívoros porque quieren. No hay civilización posible si el ser humano no puede con sus propias miserias, y aclaro, propias, subrayado, si preferís, porque a lo largo de la historia se ha intentado digitar el comportamiento, incluso se hizo el famoso decálogo obviamente con diez mandamientos y todo sigue como era entonces. Avanza la ciencia, pero al hombre no hay ley “natural” que lo amanse.
Beto prolonga su mirada indiferente, aunque ahora cree, pese a no sentirle aliento alcohólico, que lo trajeron por ebriedad.
—...Se llenan la boca con grandilocuencias: avaricia, no robaras, codicia, ¿y el poder? Fijate vos, al poder nunca se lo consideró pecado en sí mismo, pero junto a la invención del dinero es uno de los mayores males de la humanidad, son las drogas más potentes. Eso le puntualizaría a un extraterrestre.
—Yo lo haría encamarse con una buena mina.
—¿Y si te toca hablarle a una Venus galáctica?
—Yo nunca me confundo— escupe con severidad.
La habitación tiene paredes descascaradas de color aceitunado y está repleta de inscripciones, por lo común ofensivas o recordatorias, otras todavía más viejas, cubiertas por capas de pintura, manchas, dibujos pornográficos, tachaduras, algunas hechas con tinta azul, la mayoría rasgando el revoque con algún elemento cortante, aunque el techo y sus bordes conservan cierta brillantez original.
—Bueno, mejor no confundirse, pero si pasa, pasa— dice con ironía.
—…
—Como te contaba, yo le hablaría de la relación que guarda el poder en la conducta del hombre, ese nivel de superioridad que ya determinaba Darwin, o sea, el pez grande se come al chico. Y apenas señalo el poder físico, imaginate el psicológico. Cuando el hombre inventa el linaje o sangre azul para sostener intereses y pone al frente de un reino a un chico de diez años está llegando al súmmum en el manejo de masas; en esta coyuntura sumale los medios audiovisuales, el consumo fomentado...
—Bola, a mí me gusta ir a la cancha, las pendejas, el asado, tener una buena cupecita, ¿o a vos no?
—Claro, pero pensemos, siempre en el hipotético caso de tener que explicarle a un extraterrestre, que hay presidentes, primeros ministros, empresarios en este preciso momento…, dije preciso momento, frase trilladísima, suena mejor geométrico instante, ¿no?— se toma un respiro para complacerse con su ocurrencia. —En fin…, dirigentes que ahora mismo están mandando al muere a países enteros para apropiarse de suministros estratégicos, ¿te suena el mentado viaje a las Indias Orientales? Creo que el ente de otro planeta nos borra del universo, porque si la civilización se funda en la mentira y todos nos mentimos para sobrevivir, incluso a nosotros mismos, el mayor mentiroso es siempre quien termina ganando, si se puede afirmar que alguien salga ganando.
—¿Vos pensás que hay marcianos?, y mirá qué justo, te van a venir a hablar.
Beto lo mira con determinación, de arriba abajo, sin ningún pudor, porque ahora presume que desde el principio estuvo totalmente drogado.
—Tenés razón, primero van a ir a Nueva York.
—Vos te golpeaste la mollera de chico.
—Jugando a ser Superman.
—Qué te dije, bola.
La luz que ingresa de la calle cobra distinta resolución, una fosforescencia que se va expandiendo y crece progresivamente de manera casi escenográfica.
—Disculpá el divague, seguime contando la historia de la paquita. Dale, fijate que ni la nombré— sonríe.
—Vos querés sacarte el frío.
Sergio levanta el pulgar en signo de aprobación.
—Bueno, sabés bola, lo primero que me vuelve siempre es el perfume. —se acomodó nuevamente con la espalda muy recta contra la pared, como si hubiese respaldo acolchado. —Dejaba mi 505 con una fragancia dulce, a fruta rica; lo digo y es como si la estuviese viendo bajarse— se le quiebra un poco la voz. —Pero eso fue el primer año. En las vacaciones ni noticia. Y cuando en marzo arrancó el programa ella empezó a tomar confianza, me trataba de che, me decía Beto y ya usaba anteojos negros y fumaba.
—Qué contraste.
—No te digo, bola, me explicaba que con ese nombre calculaban que era extranjera, americana; andá, nena, si vos sos morocha bien argentinaza, la jodía yo, enseguidita se cabreaba, repetía que Adina Souza, una productora brasileña viajada, le explicó que en Orlando o La Florida iban a pensar que ella, la paquita de Caraza, lo dije una vez y casi me come el hígado, era latina y nacida en los Estados Unidos.
—Podría, aunque para mí se lo informaba de envidiosa, tan pendeja y lindita la rebajó a chicana.
—Justo esa brasuca lesbiana, metiendo chicana, a quién carajo le ganó.
—Parece que la conocés.
—Esa turra de Souza me la negó— detalló amargamente. —Cuando la piba fue tomando más confianza, contó que vivía con el padre y una abuela...
—¿Materna o paterna?— interrumpe tiritando.
—Da igual, bola; la cosa es que el viejo chupaba desde que la madre se había escapado con un ñato, y ella tenía la esperanza que al verla laburar en la tevé iba a volver. Lo decía y yo fichaba por el espejo retrovisor y sus ojitos redondos, medio juntos, de color miel, se le enturbiaban.
—Me vendría bárbaro esa frazada roñosa— alude al durmiente que ronca con suavidad de lactante. —El calor se va para arriba y encima aquella ventanita está sin vidrio.
Estudian la ventana alumbrada alzando las cabezas, como si necesitaran constatar que a una caprichosa brisa helada no la detienen los barrotes.
—Escuchá, bola, agarraba noche hasta mediodía, y de tarde, a la hora en que me ponía a comer algo antes de echarme, en la tele de la pensión miraba el programa.
—¿Tu paquita bailaba bien?
—La mejor, lejos. Un día me contó que terminaba el programa y Xuxa se volvía a Río y la había elegido especialmente a ella para llevarla. Ahí me di cuenta que ya no la iba a ver más. —Sacó las manos de los bolsillos y las estudió un momento. —Seguí manejando como si nada, pero sentí ahogo en el pecho, una especie de angustia mezclada con bronca o pena. Me paré en el semáforo y la piba lagrimeaba. Entonces le dije por qué llorás y me contestó que el padre no la dejaba ir y sin autorización... —Me reí, sabés, y en aquel instante se me encendió la lamparita. Enseguida le pregunté: ¿conocen a tu viejo?
—Ya veo cómo viene...
—Pará, bola, esto no termina acá. El asunto es que acomodé las cosas para acompañarla a firmar la autorización, haciéndome pasar por el papá.
—¿Y la abuela?
—La vieja ni se enteró. Fuimos, firmé...
—¿No te pidieron un documento para certificar quién eras?
—Por supuesto que sí. La piba le chorió el D.N.I. al curda y cambiamos de foto, yo tengo más o menos su misma edad.
—De esta forma conociste a la productora.
—Bien, bola, bien. Le digo a la piba cuando salimos: me debés un favor, uno muy grande, ni te imaginás cuánto.
—¿La llevaste a la pensión o derecho a un telo?
—Bola, te creíste que iba a arruinar todo tan rápido, qué poca fe… Yo quería algo más, seguir haciendo el papel, lo otro iba a venir sólo.
—Por decantación, en un cinco estrellas de Río de Janeiro— arriesga Sergio, repentinamente animado.
—Tanto así.
Al alba el frío se torna más intenso, la luz crece imparable tapando a ese manchón artificial, coladizo por el ventanuco de la puerta que interrumpe el pasillo.
—Te la hago corta porque reviento por acordarme. Nos dieron fecha: el lunes diez a las ocho de la matina volábamos por Varig saliendo de Ezeiza. Entonces fui a retirar los pasajes y me sonó raro ir a buscarlos a las oficinas de la productora.
—Te sacó.
—Yo lo sentí, bola. Viste cuando uno miente, por más que seas el mejor mentiroso del mundo hay un instante...
—Geométrico— agrega.
—Como quieras, te vendés, bola. Todavía no sé qué miércoles hice o dije, la negra tortillera era una perra de presa.
—Odian a los hombres.
—El asunto es que salí tranquilo con los pasajes, la reservación del hotel, todo el papelerío metido en una carpeta. Contento como un chico pensaba zafé, la Souza ni se avivó. Pero esa misma tarde cayó la cana a mi pensión y por fortuna me sacaron con la zabiola tapada por una campera. Los periodistas preguntaban a grito pelado y por fortuna pasó en un pedo.
—¿Supiste quién fue?, digo, quién te mandó al frente.
—Estoy segurísimo que fue la productora, aunque por ahí el padre se dio cuenta que le faltaba el documento, pudo ser hasta la abuela. Si sospecho de Pam estoy cagado, la verdá no sé.
—Viste, la nombraste y no te pasó nada.
—Lo que hace el hombre para dejar de pensar— murmura apenado, se le modifica la expresión, inclina el torso hacia adelante y cubre el rostro con las manos.
—Por eso el peor de los castigos sigue siendo la reclusión, estás doblemente guardado y pensás, pensás hasta cuando dormís— comenta y hace silencio, advirtiendo que Beto está gimoteando.
—¡A ver, Bombona!— grita una voz a través del ventanuco.
—Sí, yo— responde Sergio presuroso, al oír que corren el pasador, poniéndose de pie.
—Venga, Bombona, apúrese— insiste esa voz de mando abriendo la puerta.
—Chau, Beto, suerte, mucha suerte— atina a desear.
Beto ni lo mira.
El de zapatos blancos con alto taco cuadrangular echa una ojeada, en seguida se da vuelta, cierra los ojos achinados y se arropa casi por completo con la frazada descolorida.
S. F.

martes, 16 de octubre de 2012

Aunque nada resalte

En un tropiezo caen los sueños
castañetean vértebras, inasibles colofones
el ánimo dormita envuelto en mantas pesadísimas
y hasta la risa suele quedar atragantada.
Perseverar siempre, abrir puertas
salteando pliegos de horas apelmazadas
arrugas del tiempo que anuncian hoscos pasados
aquellas siluetas morosas nos anteceden
en el rito diario de avanzar sin saber.
Acaso sea el embrujo de los días soleados
ese aroma agridulce, recodos del alma
espectadores solícitos aliados a las cosas
suprema e inútil pretensión de sostenerse en pie.

S.F.