lunes, 25 de agosto de 2014

La vida es un adiestramiento intrínseco

Hay que ser medio lagartón para, de la noche a la mañana, pretender cortar lazos con todo el mundo -quiero significar con familia y amigos, incluso con los más apegados, sumando a Ulysses, mi fornida mascota perruna-, por una arrogante necesidad de estar solo, sentirse solo. Caray amigo, pronuncié en voz alta con mi lengua bífida para oír aunque sea una voz; por ese motivo nadie llama, nadie te dirige mensajes de texto, nadie envía correos personales. Por lo visto era lo que pretendías, me confesé, aislamiento en la primera acepción de la palabra, que no asegura tranquilidad ni mucho menos, porque la cabeza sigue activa y se dedica a pensar y acaso resulte más incómoda la circunstancia que estar mal acompañado, y en ese tema puedo dar cátedra. Igualmente es imposible de lograr una absoluta soledad, no quedan islas desiertas, en todo caso hay que recurrir a las interiores, afirmé con la razón que me proporcionaban mis propios dichos, ¿no es así? Quizá este menudo servidor ensayaba ordenar su vida desde otro espacio, sin la exigencia de ofrecer explicaciones, rendir cuentas, estimar consecuencias; oteo que resultó del principio al fin desacertado, rapón. Entonces empecé a hablarme, o a reconocer que me hablaba y claro, también a contestarme, primero mentalmente, pero después -quiero especificar con el correr de horas, días, semanas-, ya este batracio de última generación murmuraba una saga infinita, monocorde, recitativa, al punto que llegué a discutirme hasta en sueños, donde aparecía travestido como único interlocutor o mejor dicho interlocutora. Paparrucho, si es peor el remedio que la enfermedad, hubiese acotado mi abuelita, con la cordura que en contadas ocasiones proviene del sentido común. Saratustra quedó hecho un poroto, apunté sin haber escrito ni medio de mi triste experiencia, que era una de las finalidades o excusas para justificar semejante clausura, volviendo al continente como Ulysses, con la cola entre las piernas. 

S. F.
Este texto se publicó en el número 61 de la revista Odradek, en Agosto de 2011. 

miércoles, 23 de julio de 2014

Ese infinito recorrido de pasos

El hombre sentado en una silenciosa sala de espera observa, con cierto patético aburrimiento, que esa construcción de principios del siglo veinte, situada sobre la Avenida de Mayo en pleno centro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, está mal reciclada, o, mejor dicho, han relacionado con pésimo gusto elementos antiguos y modernos que nunca se podrían haber unido temporalmente hablando. Analiza con cierta consistencia pero, de pronto, lo distrae un taconeo que parece ascender por los escalones de mármol. Son zapatos de mujer, deduce, sintiendo la métrica perfección de aquellas pisadas; incluso, especula girando un poco la cabeza para oír mejor, debiera ser joven, porque son pisadas firmes, resuenan propinadas con una misma energía compensatoria para ambos pies y así equilibran el esfuerzo de la subida. Por algún motivo relaciona ese repiqueteo al recuerdo de aquel fabuloso metrónomo siempre en movimiento sobre el brillantísimo piano vertical alemán de la casa de sus abuelos, o al inalcanzable reloj pendular que de chico miraba fijamente en la peluquería, aunque también a la gota machacona que cae de la canilla del baño con el cuerito flojo del que nunca se ocupa pese a que le interrumpe el sueño. Divertidamente imita el ritmo de los pasos de la mujer golpeándose sus rodillas con las palmas de las manos. Le cuesta la coordinación, cero reflejos condicionados, se ríe. Trata de disimular su ansiedad confirmando que es una mujer de mediana edad quien, sin mirarlo, sigue su marcha hacia la derecha, saliendo de cuadro, para perderse por el pasillo. Le llama la atención esa prominente panza, su andar elástico, calculando que carga con un embarazo de seis o siete meses. El hombre teoriza que la mujer, con el mero hecho de caminar, está en concordancia con la naturaleza, que sus pasos, simétricos, son la música del cosmos. Sístole y diástole, las matemáticas humanas en forma consumada (disfruta de la frase eufónica), todo el esplendor del desarrollo de la transmisión genética, doce mil años desde que el primer Homo sapiens se puso de pie y, como la mujer, sin saberlo, contaba ya con movimientos pautados, cíclicos, que la propia conformación del universo incluía. El hombre se reacomoda en la dura silla de plástico y le viene a la memoria el momento en que Ariel, su primogénito, justamente se encontraba en esa difícil etapa en la que debía pasar del gateo a ponerse de pie. Sonríe al tener presente que tanto su hijo como los demás lactantes y él mismo y por supuesto sus ancestros, han tenido que sortear esa etapa, y lo continuarán haciendo las sucesivas generaciones también de manera instintiva, sin que medien instrucciones o exigencias y, al lograrlo cada vez, con una mínima o precaria estabilidad, al fin probarán cómo es pisar el mundo. El hombre considera, seriamente, que la evolución de la especie humana se basa en esos dubitativos primeros pasos. Pero un rato después, también asocia ese momento con otra inolvidable imagen, en blanco y negro, la de aquellos inaugurales astronautas que recorrían a saltitos la tosca corteza lunar. Aunque por algún curioso motivo reconoce que hay algo más valioso contenido en los pasos de la joven mujer embarazada que subiera los gastados escalones de mármol. Acaso porque concibe que esas pisadas, las de la mujer, además, llevan todo el peso del origen de un género, la superposición de voluntades sumadas durante milenios para que él mismo esté sentado en aquella luminosa sala de espera, razonando un concepto reducido en la palabra realidad. Y en ese acto mecánico, como el acostumbrado deslizar por intermedio de las extremidades, oscilando los brazos para impulsar el cuerpo hacia adelante, sosteniendo el peso de la cabeza con el tronco, unido al vientre preparado para engendrar, esa joven mujer que venía subiendo la gastada escalera de mármol, sin saberlo, estaba contribuyendo, en su caso doblemente, a perpetuar ese gran secreto, el misterio de la concepción, que no es otro que el mismísimo misterio de la vida. 

S. F.

martes, 24 de junio de 2014

Esa prisa que el reloj moderno impone y el cuerpo reprueba

Ni me pregunten por qué estoy contando esto, no hay espacio para aclaraciones, acaso lo hago con la mera intención de ponerlos en conocimiento de que un lagarto también ha tenido infancia y parientes y hasta enrojecía, sin ocultar que lloraba a moco partido. Recuerdo una mañana cualquiera, yendo de la mano de mi progenitor a paso cansino, producto de la poliomielitis que lo dejara rengo de chico, fatigando alguna difusa vereda soleada en un barrio porteño, llamémosle Villa Crespo, rogándole que me comprase chupetines; tal mi condición de niño burgués con obtusa seguridad de que siempre habría alimentos y sábanas limpias y agua caliente. Pero justo vi a un barbudo zaparrastroso con la piel cetrina recostado como sin vida en el piso y me desayuné de que era un “gilastro” al cubo, yo, no el pobre tipo. La cuestión es que este anfibio en versión larvaria le pregunta a su padre: ¿qué le pasa al hombre? Y su protector da por toda respuesta: “Está mamado”. ¡Miércoles!, pensé para mis adentros con la geta lívida, ¡lo que hace el alcohol! y aquella bobada me duró hasta mi primer borrachera tardía; cierto, la imagen hizo mella como tanta otra información errónea a la que diariamente estamos expuestos, y cuanto más rápido se vive menos se cuestiona para qué coño uno hace lo que hace y por qué, me dije, presuroso. Y maduré que la realidad es según la pintan, depende de quien o quienes la pinten, aunque cuando uno la ve y toma plena consciencia se convierte en una entidad, casi de carne y hueso, y uno, automáticamente, se vuelve responsable. En suma, este lagarto de exportación admite que después, muchos años después de aquel pequeño incidente, recién sabría que uno no sabe lo que quiere ni siquiera al obtenerlo, porque saber, en dicho caso, es una manera de negar la realidad, y debido al propio razonamiento se sentiría por bastante tiempo peor que una gallina clueca.

S.F.
Este texto se publicó en el número 56 de la revista Odradek, en Marzo de 2011. 

lunes, 26 de mayo de 2014

Meandros de una fútil existencia

Como telaraña
el acertijo tiene vueltas
que en su resignación
nos hace girar falsamente.

¿Quién será dueño
de aquello que hubo,
cuando a estas huellas
las deshaga el oleaje?

S.F.




jueves, 24 de abril de 2014

Sur del suburbio

Una gota gorda había castigado mi mollera y me sentí un reptil surgido de las profundidades saliendo a la luz. Iba caminando cubierto por esa techumbre alzada a una distancia descomunal, rodeado de gente que salía y entraba a los empujones como cardumen. Somos minúsculos frente al desarrollo de la ingeniería: tanto hierro, vidrio, zinc en la bóveda oxidada y chorreante, el progreso traído de una floreciente Europa propulsado por los países al ritmo del vapor empujando pistones, solté de corrido y la caterva de ideas me hizo pestañar. Casi se conservaba como en aquel tiempo, calculé, sorprendido de que en minutos esa omnipresente maquinaria me trasladara sobre rieles comidos por el uso y rodara a lo sardina protegido de las inclemencias por una morrocotuda caja metálica, sonreí sin gracia por semejante inspiración sardónica.
Pensaba es un chiste ir sentado, ver desfilar vendedores ambulantes o ambulatorios opuestos al avance, que ofrecían variadísimos productos gastronómicos; un disparate mayúsculo su música chillona a extremado volumen, tan ajena a la realidad; evidentemente aquello, lo que pasaba, seguía siendo díscolo como mis pensamientos, regados por un paisaje de casas donde redoblaba la lluvia, que se centuplicaba a velocidades fluctuantes atrás del vidrio chorreado: ¿pero pasaba eso en realidad?
Si era otra chica desinflada, la habías acompañado tres veces hasta su vivienda familiar con jardín delantero y le habías escamoteado un beso justo cuando te clavaba esa puerta enana de la verja en plena rodilla. Vivificante, pensé, por primera vez en la tarde con cierta coherencia, porque estaba yendo al encuentro de Viviana, a quien desde nacida le habían dicho Vivi; qué vivo, lagartón, urdí, vivís estropeando todo el viaje por la premisa de saber que es difícil, repetía para mis adentros, difícil, mimetizado con los sordos ofertantes, difícil, imbuido ya de entera realidad o realismo tanto que me saltó una lágrima, difícil que Vivi siga viviendo... en Turdera.
 S.F.
Este texto se publicó en el número 40 de la revista Odradek, en Noviembre de 2009. 

lunes, 24 de marzo de 2014

Archienemigo

Parabarabarabarabarabarabá... Batman. Corría en círculo sin perderle pisada al chillón, a quien vigilaba por los agujeros del antifaz de cartulina. Chocando involuntariamente contra la ropa tendida al sol, pisaba adrede rajaduras tapadas por pintura asfáltica, inventando que eran gusarapos negros, desperdigados por aquel techo embaldosado de ciudad Gótica, la capa de bolsa de consorcio a la que le faltaba el logotipo cobraba vuelo. Parabarabarabarabarabarabá... El chillón prisionero de la insulsez más pura, sollozando estertores infantiles, siempre sentado en esa sillita de madera albinegra pintada con los colores del Club Atlético All Boys, lejos de la baranda del balcón mientras, cada tanto, era acribillado por los gotones que el viento arrancaba de las prendas. El superhéroe murciélago pasaba a su alrededor tirando golpes que lo rozaban, maldiciendo recórcholis, rayos y centellas hasta que el baboso villano cabezón reaccionara a los gritos pelados como en las noches en que no dejaba dormir. Aquel pobre parecía pensar, si no lloraba, presa del miedo con el que había venido al mundo, y a través del cual daba la impresión de vivir en el mundo. Parabarabarabarabarabarabá... “Il uomo pipistrello” como lo denominaba su abuela calabresa al verlo disfrazado de Batman, corría incansablemente por la terraza imbuido en su éxtasis endorfínico, las medias grises subidas por arriba del pantalón de gimnasia obligatorio en la escuela, ajustando la cuadrada hebilla de bronce del cinturón que cada tanto se le bajaba. A diferencia de la televisión, su mente iba registrando todo a color: el cálido aire matutino, sus pulsaciones agitadas, la energía de las piernas, los brazos aleteando, esa seguridad de respuesta que da el cuerpo en la niñez. Parabarabarabarabarabarabá... Quebrando la tibieza de aquella mañana irrumpía, sorprendentemente, una ráfaga interminable de metralla, y, a los segundos, el arranque impetuoso de un auto que salía despedido hacia delante y en la esquina frenaba sonoramente y doblaba en una misma maniobra sin rebajar velocidad. El hombre murciélago no utiliza armas, se defiende con sus puños de las balas, repetía nuestro superhéroe que ahora era una máquina de luchar contra el mal lanzando puntapiés por debajo de un largo pollerón. Por unos minutos se impone un silencio como de madrugada, pero los chillidos fortísimos del chillón, que bien se podían confundir con sirenas de ambulancia y patrullas policiales, provocaban todavía más a Batman quien vaticinaba el refuerzo de durísimos secuaces. Parabarabarabarabarabarabá... De pronto aparecen cuatro hombres saltando por los techos. Uno, el de pelo largo y campera de cuero marrón diarreico, se lleva por delante la primera de las sogas donde está tendida ropa; otro, de estatura mediana y pantalón vaquero con anchísimas bocamangas, por mirar hacia atrás se tropieza con el chillón quien lo hace caer. Batman cree realmente que llegaron los refuerzos pedidos por su archienemigo y les grita: “Alto, deténganse, en nombre del bien, ¡temblad malhechores!”, emulando la voz gruesa del doblaje televisivo, alzando el puño parapetado desde su puesto entre sábanas blancas con verticales rayas celestes. En la escuela, los demás chicos envidiaban que lograra el difícil tono jocoso del personaje “Guasón”, pero, además, incluso se daba el lujo de sacar sin esfuerzo la vocecita aflautada de “Robin, el Chico Maravilla”, y hasta le salía muy bien la del “Jefe O'Hara o Comisionado Fierro”. El último de los hombres en su huída, aquel que usaba unos bigotes a lo mejicano, casi por reflejo disparó varias veces su pistola semiautomática hacia el lugar donde había escuchado aquella orden y continuó su escape saltando hacia el techo lindero. Abajo, en la calle adoquinada, recién empezaban a asomarse los vecinos que se habían ocultado por el tiroteo y, al oír más tiros, retrocedieron con cierto patetismo y ridiculez característico de las películas mudas. Ya acudían los Ford Falcon particulares, a los que sobre el techo le acoplaban una alarma grande como una torta, Unimog del ejército, aceitunadas camionetas F100 carrozadas como ambulancias y hasta una autobomba de los bomberos que hacía repicar su sirena de manera horrísona. Parabarabarabarabarabarabá... El chillón se mantenía inmóvil y en silencio, conservando la misma posición de la caída: volcado contra su costado izquierdo, la boca torcida inmersa en un charco salivoso al que le sentía marcado gusto a orina. Babeaba enfurecido sin perder de vista su sillita y más allá al archienemigo, a quien veía también sobre las baldosas rojizas aunque cuerpo a tierra, el antifaz volado por arriba de la frente, los ojos que lo vigilaban sin pestañar, callado y quieto como nunca. El chillón petrificado por el miedo, calculadamente reaccionó al oír pasos, identificándolos en medio de tanto alboroto. Entonces levantó un brazo agitándolo en el aire y lo sostuvo desesperadamente. Reconoció que era su madre quien subía saltando de a dos los escalones porque pronunciaba el nombre de su hermano con una voz desecha, desconocida, casi un alarido macabro. Hizo su reclamo agudísimo y bestial hasta desgarrar los pulmones, agitándose como con un ataque de epilepsia. Pero esta vez su madre iba arrebatadamente, sin que le importara pisar todas aquellas prendas recién lavadas, al auxilio del paladín de la justicia. 

El cuento “Archienemigo” pertenece al libro inédito: “Las almas de la fiesta”.

lunes, 24 de febrero de 2014

El Pozo Voluptuoso

Capital Federal, 1989

Ubicado en pleno barrio de Palermo, más precisamente sobre la calle Honduras a la altura del 4900, se encontraba este antro bajo tierra. Sospecho que su nombre surgió de las dimensiones del local, porque era un amplio sótano pintado de colores que al descender por una escalera angostita se abría hacia la izquierda y al otro extremo mostraba una barra bien puesta con taburetes fijados al piso, al fondo el escenario y los baños. En este ámbito también se hacían puestas de teatro under pero ese jueves de septiembre a la una de la madrugada iba a tocar Orge con su banda de rap, género totalmente nuevo para el rock casero, originado en las calles del barrio Neoyorquino de Harlem, donde la mayoría de sus habitantes sufrían extrema pobreza y analfabetismo. Ya desde los medios locales alentaban a optar por este tipo de música que por supuesto no venía sola, se completaba con una manera de vestir y los gestos ampulosos del andar prototípico de los adolescentes negros norteamericanos y había que escucharla en radio grabadores gigantes que los “raperos” colocaban en las anchas esquinas para bailar. Aunque también surgía como una manera distinta de inclusión para los marginados en general, que con este tipo de expresión parecían haber recuperado su orgullo, pero además era utilizada como método de protesta y, visto desde ese ángulo, se volvía indiscutible y maravillosa su eficacia. Esa noche primaveral fui con una hermosísima chica alta y dorada que extrañamente no se sacaba los anteojos de sol ni para dormir, a quien había conocido apenas la semana anterior en otro pub citadino. A simple vista Lorna parecía turista europea, pese a ser tan porteña como el obelisco, debido a su permanente actitud de sorpresa y a esa pronunciación extraña por haber tenido que superar la tartamudez de su infancia. Conseguimos una mesa cercana al escenario y pedí ginebra con hielo y una gaseosa light lima limón para Lorna, que era “abstemia de nacimiento”, así le gustaba definirse. Orge, inesperadamente por lo menos para mí, salió al escenario muy pasado del horario en que se lo había anunciado acompañándose sólo con un radio grabador estéreo. Cortaron la música del ambiente, lo iluminaron con unas potentes luces y como verdadero maestro de ceremonias empezó su show manejando los tiempos con precisión estilística. Cada vez que quería darle un beso en la boca a Lorna y otras tantas veces sin mediar ese intento, me daba una pastillita: “para el aliento”, explicaba. Y recuerdo la única tarde que pasé a buscarla por su casa porque salió a recibirme con una especie de protector bucal como el que usan los deportistas: “Sufro de bruxismo”, aclaró enseguida, como si dijese “estoy resfriada”. Casi mordiendo el micrófono Orge rimaba el remate de sus frases, articulándolas a los movimientos corporales, pero sobre todo a los compases marcados por ese sonido serruchante de batería electrónica. Y en medio del concierto sucedió lo esperado, tuvimos que salir dos veces a la vereda para “respirar aire puro”, pese a que Lorna afirmaba no ser claustrofóbica, “sólo me asquea este olor fuerte a cigarrillo”, decía con dulzura de púber. Cuando volvimos por segunda vez nos habían quitado la mesa y vimos parados desde la barra cómo Orge gesticulaba ofensivamente con las manos de dedos regordetes desde el borde del escenario donde un foco le daba de lleno agrandando su figura de por sí voluminosa. “Parece la pantalla de mi velador”, bromeaba Lorna, refiriéndose al fez de color rojo que sorprendentemente se mantenía incólume sobre la cabeza de nuestro rapero. Iba por mi quinta ginebra y empezaron a importarme poco los comentarios y pedidos constantes de mi hermosísima interlocutora, es más, me pegué a su cuerpo y balbuceaba en su oído e intenté abrazarla y besarla. Hasta donde recuerdo terminé esa fatídica noche con la grotesca sensación de estar metido en un pozo muy profundo y rodeado por miles de gordos que reían a carcajadas.
S.F.


Esta crónica pertenece al libro: Aguafuertes de los ochentas, Textos intrusos, 2014.